Mueven energía en albergues a través del arte

Brigadas de Cultura UNAM dan terapia, el pianista Ángel Rodríguez busca brindar talleres y el tenor Hugo Colín recauda apoyo

Los pequeños del albergue en Ejido de Santa María Aztahuacan, en Iztapalapa, cantan, mueven las caderas, alzan los brazos, giran los hombros y se toma

04/10/2017 00:21

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Alida Piñón




ana.pinon@eluniversal.com.mx

En Ejido de Santa María Aztahuacan, Iztapalapa, hay una calle que ha cerrado el paso por el miedo a que de un momento a otro la tierra se hunda. Hay más calles rotas, como si les hubieran hecho una herida. Algunos hogares con grietas. Ante la incertidumbre, 14 familias decidieron dejar sus domicilio e ir al refugio que la señora América Arroyo abrió en el patio de su casa. A dos semanas de que la tierra se cimbró, los vecinos están organizados. Hoy sólo necesitan una cosa: el dictamen oficial que les indique si sus patrimonios y sus calles están a salvo.

A este albergue ha llegado Ariadna Franco, coreógrafa y danzaterapeuta, acompañada de Vania Ramírez, Mariana Torres y Laura Villeda, especialistas en danzaterapia y psicología.

Ariadna se pone una playera blanca con la leyenda “Brigadas Cultura UNAM”, mira de frente y sentencia: “Hay una gran necesidad de ayudar que no nos está permitiendo ver las necesidades de los demás”.

Con el objetivo de apoyar, las jóvenes convocadas por Difusión Cultural UNAM han ido a acompañar a los niños de esta colonia. No han llegado a entretener ni a divertir, sino a propiciar la liberación de las tensiones y a mover la energía. En medio de los garrafones que llegan, de las actividades de limpieza, en la calle, consiguen la atención de los chicos.

Todos mueven las caderas, alzan los brazos, giran los hombros, se toman de las manos y alzan las piernas para hacer equilibrio mientras suena Imagine, de John Lennon. ¿Y qué se puede imaginar? Quizá que por un momento sólo hay un grupo de amiguitos que juegan a vivir en paz. Las sonrisas se multiplican. Hay tres hermanitas, pequeñas, delgadísimas, que no se sueltan de la mano. Un pequeño en silla de ruedas. Una jovencita con amplios cachetes y risa fácil. Poco a poco, todos son comunidad.


Y llegan los bailes. Y los cantos al sol y a la tierra, a la luna y a las estrellas. Los pequeños cuerpos sudan y cantan, y saltan y brincan. Decenas de manitas se convierten en arañas que van y vienen como oleaje. Y corren y paran para convertirse en estatuas. La danza infantil enternece y conmueve. De pronto llegan más garrafones y más adultos con mesas para colocar uñas, y más dulces y más ayuda. La comunión se diluye. “ No importa”, dice Ariadna. “Lo logramos”. Y sí.

Ariadna es una de las 10 especialistas que convocó Cultura UNAM para llevar a cabo durante tres semanas las Brigadas CulturaUNAM en albergues y espacios públicos de la Ciudad de México. La intención, advierte Anel López, secretaria de Vinculación de Difusión Cultural UNAM, fue crear un modelo de intervención en los sitios que se requiera de acompañamiento emocional a través del arte.

“Ha sido muy interesante ver que hay una sobreoferta de actividades culturales. Es bonito el entusiasmo pero ha sido caótico. Nosotros creemos que lo fundamental es partir de una realidad que es absolutamente sensible y que hay que atender con absoluto profesionalismo”, advierte.

Suma de esfuerzos. Las Brigadas Cultura UNAM fue una de las primeras iniciativas institucionales, pero también hay esfuerzos individuales que desde el primer día salieron a las calles a ofrecer ayuda de la manera que, en ese momento, creyeron oportuna. Uno de ellos es el pianista Ángel Rodríguez. Él estaba en el Colegio de Arte Vocal en la colonia Obrera cuando comenzó el temblor. De inmediato salió a la calle y se enfrentó al caos que ya había en la zona, a unas calles de la escuela la fábrica en Chimalpopoca había colapsado.


El músico de origen cubano, quien vive en México desde hace 22 años, mantuvo su línea e Internet en su teléfono móvil y comenzó a transmitir en vivo a través de sus redes sociales para pedir ayuda. Sus transmisiones, incluso, se reprodujeron en algunos medios internacionales. “Luego de unos minutos comenzaron a llegar los policías y empezaron a cercar, pero la gente reaccionó, se enojó y fue hacia el lugar como pudo, de pronto había un mundo de personas sacando escombros, muchos gritando por cubetas, palas, agua. Yo, lo que decidí, es que tenía que pedir ayuda porque poca gente tenía señal y no había luz.”, recuerda.

A unos días de lo ocurrido, dice, no puede dormir. “Creo que necesito terapia. No me siento seguro en ningún lugar. Me siento desesperanzado, pero también me siento enlazado a esta colonia y por eso no he salido de aquí en días”, cuenta en entrevista.

El Colegio en el que labora el músico que ha trabajado con algunos de los cantantes de ópera más importantes del país se encuentra dentro del Espacio Arte Obrera, “ARO”, ubicado en la calle de Isabel La Católica número 231, dirigido por Eduardo Barajas. Y ahora más que nunca buscan ser referencia para el barrio.

También desean brindar apoyo psicológico, funciones, cursos, talleres de iniciación musical; danza, teatro negro y artes plásticas. Y, de la mano de Ángel, también se han convertido en un centro de acopio permanente para ayudar a la colonia.


Otro ejemplo es el tenor Hugo Colín, miembro del Coro de Bellas Artes. Cuando llegó a casa, en Toluca, se enteró que varias comunidades del Estado de México habían sido afectadas por el sismo. En redes sociales y con la ayuda de amigos como el barítono Amed Liévanos comenzó a organizarse para llevar apoyo a comunidades como Tenancingo. Han logrado llevar ropa, alimentos, medicinas, pero también han convocado a médicos, enfermeras. “Nos encontramos con que se necesitaba mucha ayuda. Había muchas casas de adobe que se cayeron, hay poblados muy alejados donde no hay servicios. Hemos tenido que hacer despensas especiales para llevar cosas que realmente les puedan servir. También nos enfrentamos a que la gente a veces no quiere o no sabe cómo pedir la ayuda”, cuenta.

Y agrega: “Nos dimos cuenta de que era importante ir y dejar las cosas nosotros mismos. Todavía se necesitan manos, maquinaria. Hemos vuelto a trabajar y se ha complicado continuar, pero no podemos olvidar que la ayuda se requiere durante mucho tiempo. Somos civiles que deseamos ayudar. Las redes sociales nos han ayudado mucho, eso me tiene muy impresionado. Cada quien está haciendo algo con lo que tiene”.

Por ahora, los centros de acopio son sus propias casas y echan mano de algunos ya establecidos que sí tienen condiciones para trasladar los víveres. “Son comunidades que necesitan ayuda desde hace mucho tiempo, pero nos estamos enfocando en los que además de todo lo que necesitan no tienen casa porque se les cayó con el temblor”.




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