Sismo le quita a su padre y donador

Rodolfo, un obrero, quedó en los escombros del edificio de A. Obregón; un día antes del sismo se enteró que podía donarle el órgano a su hijo

Claudia García y su familia, esperaron 15 días para que los cuerpos de rescate encontraran el cadáver de su esposo. (CRISTOPHER ROGEL. EL UNIVERSAL)

05/10/2017 03:30

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Andrea Ahedo




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Claudia García vive una doble tragedia desde el 19 de septiembre: su esposo Rodolfo murió atrapado en el derrumbe del edificio 286 de la avenida Álvaro Obregón. Ese hombre con el que pasó 26 años de su vida también iba a ser la salvación de su hijo de 19 años, Alexis, quien padece insuficiencia renal crónica.

“Nunca me imaginé que me fuera a pasar algo así, me tocó, no sé por qué. Ahora el problema es la enfermedad de Alexis, no sé qué vamos a hacer porque se supone que le harían el trasplante, yo no trabajo. Dependíamos de Rodolfo”, dice.

Luego de 15 días de esperar en el campamento de la zona cero, cerca del derrumbe en Álvaro Obregón, viendo cómo cortaban las losas Claudia supo que su esposo estaba muerto. “Llegaban los olores de los cuerpos que se estaban descomponiendo. Decía yo, es muy difícil, para los 10 días, les dije a mis hijos que se hicieran a la idea de que su papá no esté vivo... No sé qué es más pesado, si esperar, pasar frío o no tener una respuesta. No le podíamos llorar ni llevar el luto”, comenta.

Claudia ya no llora y suele bajar el rostro cuando habla de su esposo. Después de 16 días, el cuerpo de Rodolfo apareció. Fue el último que los rescatistas encontraron en su búsqueda. Claudia amarra su cabello en una cola de caballo alta, calza tenis y un suéter azul claro. Pocas veces tiene tiempo de estar en casa, ella y sus familiares, incluida su hija mayor Itzel, hacían guardias afuera del edificio de Álvaro Obregón. La mujer dice que es fuerte por sus hijos y ya no llora más porque lo único que quería después de no tener noticias era el cuerpo de su esposo para llevarlo a casa y después cremarlo. Después, ya decidirá.

Mientras tanto, deja que las cuentas pendientes sigan corriendo y que los gastos se acumulen. No sabe cómo pagó lo básico en estas dos semanas de espera. Sus hijos se quedaban en casa de la abuela, mientras Claudia desayunaba, comía y cenaba lo que los voluntarios preparaban en la colonia Roma.


Su esposo Rodolfo tenía 46 años, trabajaba en un taller donde pintaba muebles. Un día antes del terremoto le habían notificado que era apto para donarle un riñón a su hijo, y así Alexis podría regresar a la vida que llevaba antes, en la que salía con sus amigos y dormía sin estar conectado a una máquina por las noches, pensaba regresar a la escuela.

El 19 de septiembre Rodolfo estaba en el edificio que colapsó mientras pintaba unos muebles como parte de una remodelación. El olor de la pintura podría molestar a los oficinistas, por eso decidió trabajar solo en el quinto piso. Ese día Claudia lo vio por última vez cuando llevaron a su hija Melani, de 10 años, a la primaria.

“Le pregunté si iba a llegar temprano y me dijo ‘sí, pero no tanto’, y le contesté ‘¿más que otros días?’. Rodolfo dijo “sí, yo te aviso”, agrega.

Horas más tarde, el sismo tomó por sorpresa a Claudia en un tianguis cerca de su casa, en la colonia Santa Clara, Ecatepec. Lo primero que pensó fue que su esposo se encontraba en un quinto piso. Horas después, por unas llamadas, le avisaron que Rodolfo no pudo salir del inmueble que se cayó en la Roma.


Su hijo Alexis salió corriendo a buscar a su padre. Los compañeros de su esposo esperaron en las vallas de seguridad. Por horas, miraron la estructura del edificio para ver si alguno de los rescatados de esa tarde era Rodolfo, a quien habían visto antes de las 13:15 horas cuando tembló. Pero no fue así, ni ese martes ni los quince días siguientes.

La última vez que Alexis vio a su papá fue el domingo 17 de septiembre, cuando retomaron una rutina que Rodolfo disfrutaba: ir a una plaza comercial, ver ropa y comprarle dulces a sus hijos. Ese día también celebraron el cumpleaños 19 de Alexis, y pasaron tiempo en casa de la abuela. “Él llegaba tarde del trabajo y no lo veía. El domingo de esa semana le tocó descansar y anduvimos todo el día con él, de aquí para allá. El lunes no lo vi, el martes tampoco y hasta hoy nada”, expresa.

Alexis sólo estudió hasta el nivel secundaria; el salario de su padre no alcanzaba para que siguiera estudiando. Gracias a su trabajo es atendido en el Seguro Social, y puede acceder a la máquina para hacerse las diálisis todas las noches desde hace dos meses. Describe la insuficiencia renal como una enfermedad desgastante. “Yo me dialiso, tengo que estar con esa rutina, con eso sobrevivo”.




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