Peligra reforma fiscal de Trump por división entre republicanos

Derogar ley de salud de Obama hubiera permitido ahorros para bajar impuestos; limitar cambios fiscales o hacerlos de forma temporal, las dos posturas a debate

El líder de la mayoría en el Senado de EU Mitch McConnell, junto con otros congresistas republicanos, en una conferencia el pasado 27 de septiembre (A

06/10/2017 01:41

|

Redacción El Universal




Hace meses que la advertencia estaba encima de la mesa: si el Partido Republicano no lograba derogar la Ley de Salud Asequible, ahorrando un billón de dólares en gasto sanitario, la tan cacareada reforma fiscal corría el riesgo de quedar reducida a una pequeña reducción de tasas temporal. Y los augurios se cumplieron: el pasado 1 de octubre, cuando el reloj marcó la medianoche, los planes de reforma sanitaria pasaron oficialmente a mejor vida.

Con la ley estrella de Barack Obama blindada ante la incapacidad republicana de ponerse de acuerdo en desarrollar una alternativa mejor, los nubarrones empiezan a acumularse sobre el otro gran objetivo del mandato de Donald Trump.

Los problemas del Partido Republicano existen por un único motivo: la negativa a negociar una sola palabra de la reforma fiscal con la oposición demócrata. Dado que los republicanos tienen sólo 52 escaños en el Senado y se necesitan 60 para aprobar cualquier ley, el partido de Trump no tiene otra alternativa que unir los cambios fiscales al presupuesto. Así, la reforma se podría aprobar por una mayoría simple de 50 votos mediante un mecanismo llamado “reconciliación”.

Pero este mecanismo tiene dos problemas: no puede cambiar ningún artículo que no se refiera exclusivamente a impuestos, o la oposición podrá vetarlo, y no puede aumentar el déficit a largo plazo. Si eso ocurre, la ley caducará automáticamente pasados 10 años.

Aquí es donde la reforma sanitaria era tan importante: ese billón de dólares de ahorro en salud daría un enorme margen para recortar impuestos sin desequilibrar las cuentas. Ese margen ya no existe, y los números son cada vez más difíciles de cuadrar. Y hay otro problema: primero hay que aprobar el presupuesto primero.

Un partido, dos presupuestos. Para empezar, la Cámara de Representantes y el Senado han presentado proyectos muy diferentes de cuentas para 2018.


La Cámara Baja quiere que la reforma fiscal baje el déficit, lo que obligaría a reducir las bajadas de tasas propuestas por la Casa Blanca, aumentar otros impuestos o hacer recortes multimillonarios a programas como la salud para mayores (Medicare), los cupones de alimentos para personas en riesgo de pobreza u otros servicios sociales. Todo esto deberá estar aprobado para "finales de octubre.

El Senado presentó un plan presupuestario muy diferente. En él, la Cámara Alta permite aumentar el déficit en hasta 1.5 billones de dólares. Con este margen, se podrían aplicar todos los recortes sugeridos por Trump sin tener que recortar otras partidas, a costa de la estabilidad financiera del país a largo plazo. Todo esto debería estar aprobado “para el 13 de noviembre”, un calendario ligeramente más amplio que el de la Cámara de Representantes, pero igual de estresante. La última gran bajada de impuestos, la de George W. Bush en 2001, tardó siete meses.

En este segundo caso hay un problema diferente: si se permite que la reforma aumente el déficit, los cambios caducarán automáticamente en 2027. En otras palabras, el gran recorte de impuestos de Trump quedaría reducido a un pequeño regalo temporal antes de volver a la ley en una década. ¿Quién se va a mudar a Estados Unidos por su tasa de 20% para las empresas si ya se sabe que en 2027 volvería a subir a 35%?

Siguen las divisiones. El mayor problema para el Partido Republicano sigue siendo la división interna entre diversas facciones que se pueden resumir en dos grupos: los halcones del déficit y los anti-impuestos. Los primeros se niegan a que la reforma aumente el déficit y estarían de acuerdo en apoyar la propuesta de la Cámara de Representantes, limitando los efectos de la reforma fiscal a cambio de hacerla permanente. Los otros quieren bajar los impuestos lo más posible, sin reparar en gastos, y estarían dispuestos a aceptar que los cambios sean temporales.


Hasta el momento no hay un texto legislativo que estudiar, solo siete páginas de propuestas de la Casa Blanca sin detalles. Una reforma fiscal implica quitar ventajas a algunos sectores para beneficiar a otros, lo que sin duda provocará ampollas entre los congresistas cuyos estados o distritos salgan más perjudicados.

Sin un proyecto concreto, después de haber pasado seis meses de luchas internas sin concluir la reforma sanitaria, es poco menos que increíble. El Partido Republicano necesita una victoria después de un año de frustraciones, pero el éxito en la reforma fiscal parece quedar lejos.




Ver articulo completo